
La bolsa es terreno fértil para la especulación, en las dos acepciones del término: la codicia, y el hacer conjeturas sin evidencia firme. Hay dos obstáculos importantes para concebir una teoría de los mercados de valores. El primero es el gran número de variables que pueden influir, tanto a nivel micro como macro. Parafraseando a Donald Rumsfeld, los factores relevantes son una colección de «desconocidos-conocidos» (tasas de interés, beneficios empresariales, etc.) y «desconocidos-desconocidos» (guerras, desastres naturales, invasiones alienígenas, etc.)
Pero el mayor desafío es que los mercados de renta variable no son sólo fenómenos naturales aislados de las mentes humanas, sino construcciones abstractas e intersubjetivas que emergen como resultado de un juego de anticipación entre un creciente número de participantes. Los mercados tienen por tanto memoria colectiva, aprenden y se adaptan; de manera similar a cómo evoluciona el canon artístico con el tiempo.
Cualquier teoría prospectiva de los mercados tiene por tanto que combinar datos con una narrativa del comportamiento humano; siendo para ello tan aptos los historiadores como los economistas. Desafortunadamente, este campo es también un imán para charlatanes y adivinos, que prosperan a la sombra de la complejidad de forma similar a como lo hace la astrología. De hecho, las secciones de horóscopo y bolsa de un periódico tienen mucho en común; ambas pretenden ser tan vagas y poco predictivas como sea posible, mientras dejan abiertas una serie de vías de escape por si la evidencia contradictoria resulta abrumadora. En el primer caso recurren al «ascendente» del signo zodiacal, mientras que en el segundo al «timing» del mercado.
Hay teorías especulativas de todo tipo y condición; animalistas, que ligan tendencias de mercado con “bulls” y “bears”; antropomórficas, que hablan de mercados que tienen «head and shoulders» y «sentimientos» que van desde la euforia hasta el pánico; Y por último, hay teorías de naturaleza supersticiosa, como las teorías del «Dow» y «Odd-Lots», basadas en la numerología, que viene a ser para las matemáticas lo mismo que la astrología es para la física.
Una teoría muy popular en estos días es la de «buy the dips” (comprar las correcciones). El razonamiento es el siguiente, los mercados de renta variable tienden al alza a largo plazo. Por lo tanto, cada corrección del mercado ofrece un buen punto de entrada en un viaje hasta el infinito y más allá. La tesis es engañosamente sólida por dos razones. En primer lugar, se da el caso que los mercados de renta variable son impulsados por una especie de gravedad inversa, toda vez que las empresas cotizadas deben proporcionar un retorno positivo sobre el capital para poder sobrevivir. De hecho, si la tasa de crecimiento de las ganancias corporativas es mayor que el coste de capital, el valor intrínseco de una acción tendería al infinito, por lo que cualquier precio pagado sería barato. Por otra parte, la teoría no puede ser falsificada en un sentido popperiano, dado que en aquellos casos en que parece no funcionar – el índice Nikkei un 50% por debajo de su pico en 1989 es el ejemplo más destacado – siempre se puede argumentar que es sólo una cuestión de tiempo hasta que el mercado sobrepase su anterior máximo.
Con los bancos centrales inundando los mercados de liquidez, traducida en una menguante rentabilidad de los bonos, esta creencia está ayudando a atraer a la bolsa a inversores hasta ahora reticentes. Sin embargo, cualquiera que compre a los niveles actuales debería cuidarse de no caer víctima de una teoría antagónica conocida como “greater fool”, y termine interpretando el papel del «más tonto», que es aquel que compra el último a un precio inflado.
Fernando de Frutos, MWM Chief Investment Officer
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