Ansiedad de final de ciclo

La actual expansión económica en los EE.UU. se encuentra a tan sólo cinco meses de ser la más larga jamás registrada, y con el desempleo cerca de mínimos históricos, y la confianza de los consumidores y las empresas mostrando una gran fortaleza, es difícil entrever un inminente descarrilamiento de la economía estadounidense.

Sin embargo, las mentes humanas funcionan en gran medida en base a la anticipación, y la preocupación de los inversores por la posibilidad de que la economía entre en recesión en 2020 ha provocando recientemente una fuerte caída en el precio de los activos de riesgo.

Hay una serie de razones detrás de una perspectiva tan sombría. El esperado desvanecimiento del estímulo provocado por la reforma fiscal (y el lastre generado por consiguiente déficit), el final de una era marcada por el (descarado) apoyo de los bancos centrales, las preocupaciones en torno a una posible guerra comercial, y como colofón un cierto «mal de altura» provocado por la longevidad del presente ciclo.

Todos estos factores indican que lo mejor ha quedado ya detrás, y que estamos entrando en una nueva fase con menos estímulos positivos, en la que evitar una recesión dependerá de que los agentes económicos gestionen el decaimiento de forma responsable.

Enfrentarse al final de un ciclo requiere de fortaleza psicológica. Como los aficionados al fútbol conocen bien, es difícil ver a tu equipo pasar de la gloria a un rendimiento mediocre. La decadencia no es un proceso lineal. Después de un buen día, siempre existe la tentación de pensar que todavía es posible mantenerse en la cima, solo para caer en la desesperación cuando el equipo tropieza nuevamente.

Los consumidores, los inversores y los líderes empresariales están experimentando un proceso similar, ya que los datos macroeconómicos muestran señales mixtas. Sostener la economía es una responsabilidad social compartida, y la tentación de escamotearse es grande. Si los agentes económicos reducen el consumo y la inversión como resultado de un empeoramiento en los datos, pueden agravar la desaceleración y llevar a la economía a una recesión, si por el contrario se mantienen tranquilos, la expansión actual continuará.

Este tipo de ansiedad de fin de ciclo se ve agravada por el hecho de que las dos recesiones anteriores coincidieron, o mejor dicho, fueron desencadenadas, por el colapso de una burbuja del mercado de valores, y una crisis financiera de las que sólo ocurren una vez en el siglo. Estas ocasionaron que el S&P 500 cayera desde sus máximos en un -48% y -58% respectivamente; forjando a una generación de inversores traumatizados de por vida.

Pero no todas las recesiones son iguales. Por ejemplo, durante las dos recesiones «estándar» experimentadas en los años 80 y 90, el mercado de valores cayó solo un -25%. Teniendo en cuenta que desde el pico de octubre del año pasado, el S&P corrigió ya un -20%, los inversores a largo plazo no deberían estar demasiado preocupados.

Por supuesto, la naturaleza de la próxima crisis aún se desconoce; puede ser una recesión superficial seguida de una rápida recuperación, pero también puede ser una depresión si, por ejemplo, China implosiona. Además, existe una gran preocupación por el margen de maniobra que tendrán las autoridades cuando finalmente llegue la próxima crisis, ya que las herramientas fiscales y monetarias en gran medida ya se han agotado.

El tiempo dirá si nos enfrentaremos a una «recesión alivio», que ayude a disipar la ansiedad acumulada, o a una depresión severa. Lo que sí que sabemos es que anticiparse a las recesiones es extremadamente difícil y que estar sentados en liquidez esperando a que llegue la próxima puede tener un gran coste de oportunidad. Por lo tanto, lo recomendable es dedicarse a identificar aquellas compañías con modelos de negocio que puedan aguantar bien los ciclos económicos, en lugar de a tratar de adivinar el futuro leyendo las hojas de té.

Fernando de Frutos, MWM Chief Investment Officer

 

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